Entró de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?» Pero ellos callaban. Entonces, mirándolos con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». El la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarle (San Marcos 3, 1-6).
COMENTARIO
¡Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha! (Sal 137,5).
Olvidarse de Jerusalén es olvidarse del Templo y, por lo tanto, olvidarse del Señor, de la elección; es como volver a Egipto.
Para el salmista desterrado, más importante que su propia integridad, más valioso que la plena capacidad de valerse por sí mismo que le da la mano diestra, es llevar a Jerusalén en el corazón. Llevarla en el recuerdo es llevarla en lo más íntimo del ser. Jerusalén es el Templo, la presencia de Dios en medio de su pueblo; es la conciencia de la elección y la predilección divina que da sentido a la existencia; es el memorial de la alianza.
Jerusalén es el Moria de Abrahán e Isaac; es la meta de David y de Salomón. En ella, el Padre y el Hijo han culminado el drama histórico y supremo del amor sobre la tierra. El mismo Señor ha llorado sobre ella: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido!»
«Si me olvido de ti…» —proclama el salmista—, sea yo maldito eternamente; sea mi destino peor que el de tus enemigos; sea yo como hijo bastardo y malnacido, aborto por siempre.
Olvidar a Jerusalén es olvidar al Señor: «Escapados de la espada, andad, no os detengáis; recordad desde lejos al Señor, y que Jerusalén os venga a la memoria» (Jr 51,50). El auténtico destierro, la verdadera lejanía, es la del corazón que olvida Jerusalén y profana el Templo con la idolatría. El desterrado que guarda en su interior el recuerdo del Señor, aun en tierra extraña, ofrece un culto espiritual.
Un hombre con la mano derecha seca es signo de Israel: representa la maldición del olvido del Señor, la impiedad del corazón que lo convierte en desterrado, aunque permanezca físicamente en la tierra. Y, sin embargo, el desterrado es aquel que ha escapado de la espada en el día fatal (cf. Jr 51,50), gracias a la misericordia divina. A él le corresponde ofrecer al Señor el culto de la gratitud, manteniendo vivo en su corazón el recuerdo del Señor en tierra extranjera.
Avivar este recuerdo es caminar hacia Jerusalén. ¿No es acaso ese el espíritu del sábado en medio de la aridez y del vivir cotidiano?
Jesús, al ver al hombre de la mano seca, contempla en él la imagen de la maldición que implica el alejamiento de Dios: un pueblo que honra al Señor con los labios, pero cuyo corazón está lejos de Él. A ese pueblo ha venido a llamar el Señor, para conducirlo al amor del verdadero culto: culto al Padre, en Espíritu y en Verdad, infundiendo en su corazón el recuerdo entrañable de Jerusalén.