En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos» (San Mateo 5, 17-19).
COMENTARIO
Grandes y pequeños en el Reino de los Cielos. No es por tanto una historia, la de Dios, que sea de blancos o negros, hay grises y por tanto diversos grados de fidelidad. La libertad con la que Dios nos trata y que nos ha dado, permite que aceptemos las leyes de la Vida con sincera y constante rectitud o con más ligereza e inconstancia. La verdad es que no podría ser de otro modo teniendo en cuenta que el hombre es sólo hombre y además libre y que Dios es Dios, omnipotente e infinitamente justo. La ley es el orden de Dios en todo, como un preciso reloj, todo es bueno y recto porque es obra de sus manos. Jesús solo nos recuerda que el orden de la Ley, lo más antiguo de Dios podríamos decir, no puede cambiarse ni superarse. Dios es como es y su Ley es inamovible. Jesús no viene a cambiar lo antiguo, viene a llevarlo a plenitud a actualizarlo sin cambiarlo, Jesús es el brazo amoroso del Padre, el Hijo que no contradice a su Padre, lleva a cabo su Ley en obras concretas, la más sublime es la redención del hombre en la Cruz. Nos gusta mucho que nos digan: «esto está obsoleto, anticuado, ya no vale…» y probar otra cosa, gustar nuevas historias, otras ideas. En temas de fe, todo lo auténtico sigue en pie y tiene riqueza, aunque pertenezca a tiempos remotos de la Iglesia. Si lleva el sello de la Verdad, es de Dios y por tanto valido para cualquier hombre de cualquier tiempo. No caigamos en el error de despreciar lo antiguo por ser antiguo y querer cambiarlo por lo nuevo por ser nuevo. Jesús lo deja claro, no vengo a abolir sino a dar plenitud. Cualquier palabra o ejemplo de la tradición más remota de la Iglesia que es de Dios, puede convertir el corazón de un hombre de nuestro tiempo. Esa es la Ley y los profetas de la que Jesús nos previene. Buscar y vivir todo lo rico y valioso del depósito de la fe, es para los que quieran ser grandes en el Reino de los cielos. Los que prescindan de esas riquezas de la Ley antigua, por ser antigua, serán menores en el Reino de los Cielos. No hay duda, el esfuerzo y la rectitud tendrán su premio. La fe cómoda, de hacer lo que más fácil me resulta, lo básico, y evitar los aspectos morales de la ley de Dios más finos, esa actitud, tendrá también su recompensa en el cielo, pero de menor valor.
Pues nada, podemos elegir entre ser flojos con las cosas de Dios o rectos y ambiciosos de corazón en el seguimiento de su Ley, asumiendo que Dios es el que ES y que no tiene versiones. Jesús no traicionó ni derogó la Ley de su Padre. La lleva a plenitud con sus obras, milagros y enseñanzas. Siguiendo al Señor y enseñando a otros lo que vivimos con el ejemplo, nos haremos importantes en el Cielo, el único lugar en el que merece la pena destacar.
