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Evangelio

Misericordia en Betania

By BuenaNueva7 de octubre de 2014No hay comentarios5 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy, Martes
Comentario al evangelio de hoy Martes
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«En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”». (Lc 10,38-42)


Del evangelio de hoy podemos entresacar algunas notas útiles para comprender y vivir la misericordia. “Mientras iban de camino”: esta primera parte del versículo —que no aparece recogida en el Evangelio que leemos hoy— nos habla del amor misericordioso como societas amoris (San Agustín). Es Jesucristo y los suyos; en compañía y en campaña. El amor busca a quien darse y busca ser recibido. Con la Encarnación, Cristo recibe la compañía de María y José, y posteriormente la de los doce apóstoles. Caminar en comunidad, no en solitario, que es egocentrismo. La misericordia vive entre muchos.

No solamente se nos habla de la comunión como forma esencial de amor, sino de la oportunidad de la caridad: “mientras”. En el ir caminando voy ejerciendo mi oficio de amador, que dirían nuestros clásicos. No es ya que voy derecho a ejercitar el amor en un caso concreto, sino que es la misericordia la que me hace estar disponible las veinticuatro horas. El misericordioso no hace misericordia simplemente sino que vive de ella y en ella, es el aire de su pulmón. Da sapienti occasionem, et addetur ei sapientia (Prov 9,9): dale una ocasión al sabio y se hará más sabio aún. Para muchos, las ocasiones de ejercitar las virtudes se convierten en todo lo contrario, en momentos de despertar vicios, defectos, imperfecciones, ira. Pero el sabio ama en todo momento y todo le sirve para mejorar la calidad de su entrega (Rm 8,28). 

“Jesús entró”: la misericordia nunca se queda en la superficie, sino que entra en el problema del otro, en la vida del otro. Es menester esa santa osadía para penetrar en el corazón del prójimo y regalar consuelo, paz, amor. El que no ama no entra, huye, desparece, no quiere compañía, no quiere el hogar del prójimo. La misericordia es entrar, profundizar en la vida ajena y convertirla en cercana, propia.

Es curioso que aunque están todos juntos, el texto dice propiamente que quien entra es solo el Señor. Es otra nota de la misericordia: la individualidad, es decir, la atención personal y no abstracta, genérica, del ejercicio de amor. Yo amo a una persona concreta, con una valía y una problematicidad particular. La vida humana no es un laboratorio donde aplico teorías generales sino un espacio de encuentros donde amo y me relaciono con los demás. Rostros concretos, personas de carne y hueso con nombre y apellidos.

“Marta lo recibió en su casa”: el amor misericordioso es recibimiento, acogida fraterna, nunca repulsa o exclusión. Cada vez que rechazo al hermano me estoy rechazando a mí mismo. Nuestra casa ha de ser no solo eclesial, es decir, asamblea de cristianos, sino hospicio de enfermos, refugio de doloridos y maltratados.

El texto griego original dice “en su casa”. Se contrapone a otros textos bíblicos donde “lo suyo, lo propio” se traduce por “su casa”, aunque no aparezca el término casa explícitamente (Jn 19,27). Pero aquí se usa la palabra casa para referirse no ya a la intimidad personal de uno sino a la misma casa material. Es decir, la misericordia auténtica no es solo espiritual sino material a la vez. Verdadero hospedaje el que Marta le ofreció al Señor, refrigerio en el camino, pan, vino, mesa y descanso.

“María sentada a los pies del Señor”: la actitud propia del misericordioso es ponerse siempre por debajo del otro. El prójimo siempre es más importante que yo. El misericordioso gusta de instalarse en el suelo y vivir allí de por vida. No quiere hacer sombra y gusta de la sombra fresca que el prójimo le procura. No se molesta por la bajura, por la humillación. Es persona de “altos suelos”, no de “altos vuelos”. Su vuelo va profundo, en raíz humilde.

“Escuchaba su palabra”: el amor oye y lo hace con gusto, aunque tenga que ejercitar la paciencia. El egoísta solo oye una voz, la propia. El que ama es comprensivo y escucha atento, sabe escuchar. El que oye bien se abre camino para la obediencia, que no es otra cosa, en su etimología griega, que escuchar desde abajo.

“Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio”: el amor es tranquilo pero no estático. La dinámica del amor produce creatividad. El que se entrega a la misericordia es profundamente creativo. Está pensando constantemente en cómo hacer felices a los demás. Procura complacer por amor. La misericordia es trabajo, multiplicación de atenciones. Es laborioso el amor, fructífero, eficaz. Hace mucho, todo, sin ser activista frenético, desenfrenado. Dios, en su misericordia, puso en marcha el universo pensando en el hombre.

“Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas”: la misericordia se hace notar pero no es ruidosa, bulliciosa, molesta. Ha de practicarse la misericordia desde las directrices del Señor, no simplemente desde la bondad impulsiva, de sentimiento. El amor simplifica, equilibra, no complica las cosas. Diríamos que el amor al complicarse a sí mismo va descomplicando la vida misma, va haciendo ágil la vida de los demás, quitando problemas… Pero sin angustias. La ansiedad es síntoma de un amor mal gestionado. 

“Solo una cosa necesaria”: la unidad del amor, en humildad. Amar desde abajo, sin dispersar energías innecesarias. Es la mejor parte: el amor desde abajo, en unidad trinitaria.

Francisco Lerdo de Tejada 

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