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Mensaje del Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos

By BuenaNueva4 de marzo de 2012No hay comentarios4 Mins de lectura
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a) La persona de Cristo. Es el corazón mismo de nuestra identidad cristiana. El papa Benedicto XVI escribe en la Deus Caritas est: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (núm. 1). Y añade: “La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito…” (núm. 12). Ser cristianos laicos es una verdadera y auténtica vocación. El Maestro nos llama siempre por nombre: “¡Sígueme!”. Insertado en Cristo como el renuevo en la vid por medio del sacramento del bautismo, el cristiano ha recibido el don de la “vida nueva”, el ser “creatura nueva”. Es un cambio admirable que le hace decir con el Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). Por ello, está llamado a dar testimonio precisamente de esta “novedad de vida”.

b) La Iglesia. El cristiano nunca está solo, aislado, sino que nace y vive en una gran comunidad, vive junto a “una importante compañía” (Benedicto XVI), la Iglesia. Se trata de una comunidad que no es atribuible a un dato puramente humano, sociológico, porque según su origen es sobrenatural. La Iglesia es una “comunión orgánica”, en la que coexisten y se integran la diversidad y complementariedad de vocaciones, ministerios, servicios, encargos, carismas y responsabilidades. Non hay contraposiciones, sino reciprocidad y coordinación (Cfr. Christifideles Laici, núms. 20-21). Por ello, la Iglesia se configura como icono de la comunión trinitaria, por lo que en ella ningún fiel laico puede quedarse pasivo, como simple observador. Cada uno es responsable de la misión particular que le ha sido encomendada por Cristo. El Concilio Vaticano II destaca con fuerza: “El apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia” (Apostolicam Actuositatem, núm. 1). De aquí surge la necesidad de una participación activa y responsable de los laicos en la vida de sus comunidades eclesiales. Tienen que saber asumir sus propias responsabilidades para con la Iglesia y su misión en el mundo.

c) El mundo. El Concilio Vaticano II indica con claridad lo que diferencia a los fieles laicos de los demás estados de vida de la Iglesia: es su especial relación con el mundo, la llamada “índole secular”. “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad” (Lumen Gentium, núm. 31). Este carácter secular le da una índole específica no sólo al apostolado de los fieles laicos, sino también a su espiritualidad y a su camino de santidad. El fiel laico no huye del mundo, sino que está llamado a santificarse viviendo en el mundo. En este contexto emerge un importante desafío pastoral, de cómo ayudar a los fieles laicos a defender su identidad de “cristianos inmersos en el mundo” frente a la tentación de “clericalizarse”, o frente a las actitudes de huída del mundo (por ejemplo un refugio cómodo en el intimismo, una espiritualidad desencarnada, o un completo encerrarse en asuntos intraeclesiales, olvidándose del espíritu misionero). Volvamos a leer al respecto algunas de las hermosas páginas de la antigua Carta a Diogneto: “[Los cristianos] están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. […] Mas para decirlo brevemente, lo que es el alma al cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo: los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo”. El autor concluye: “Tal es el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”.

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