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Antonio Pavía

Escritos en Dios

By BuenaNueva24 de febrero de 2014No hay comentarios4 Mins de lectura
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El gesto es de una elocuencia atronadora. Los acusadores lo saben. Se saben de memoria todas las profecías. En realidad, ése es su problema: que solamente se las saben de memoria. El caso es que tienen ante sus ojos la plenitud y cumplimiento de una profecía completa y ni aún así se dan por enterados, por lo que insisten en sus acusaciones.

Ante tan retorcida doblez, Jesús podía haber optado por dejarlos por imposible. No lo hizo así. Ha sido enviado por el Padre no sólo para salvar a esta pobre mujer acusada sino también a sus acusadores. Les mira con la misericordia y compasión de quien tiene delante unos hombres totalmente engañados, y les dice: “Aquel que esté sin pecado que tire la primera piedra. A continuación, se inclinó nuevamente y continuó escribiendo en la tierra”.

Esta vez sí parece que entendieron. Juan nos dice que se retiraron empezando por los más ancianos, los más sensatos…o, mejor dicho, los menos insensatos. La catequesis es bellísima. Jesús es el enviado por el Padre para escribir su Palabra de salvación en el corazón de todos los hombres sin exclusión alguna. Su poder creador en nuestro barro alcanza tanto a aquellos cuyos adulterios para con Dios son manifiestos, como para los que los tienen cubiertos.

Jesús, el  Hijo del Padre, escribe la Vida en nuestro interior y nos escribe también a nosotros en Él que es la Vida. Esto es lo que suplicaba confiadamente la esposa del Cantar de los Cantares a Dios su Esposo: “Ponme como un sello sobre tu corazón…” ¡Ponme en ti, pon mi barro en ti! Esto no es un simple ruego o una súplica… es una auténtica locura que haría las delicias de todo un equipo especializado de psiquiatras.

De hecho, sí parece una locura  a todo el mundo, mas no a Dios. Por ello envía a su Hijo para decir que sí, que tomará al hombre y lo escribirá en su Espíritu. Recordemos lo que dijo Jesús a sus setenta y dos discípulos cuando volvieron de predicar adonde les había enviado. Decían eufóricos: “¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre!” (Lc 10,17). Jesús les miró como diciéndoles: ¿Sólo por esto ya estáis exultantes? Os voy a decir de lo que realmente tenéis que alegraros y saltar de gozo. “Alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10,20).

¿Qué les está queriendo decir Jesús? Ni más ni menos que sus nombres están escritos en Dios. Como sabemos, el término cielo, tanto en singular como en plural, es empleado con frecuencia en la Escritura como designación eufemista o respetuosa del nombre de Dios para que éste no fuese vanalizado, como por ejemplo, podemos ver el pasaje de la interpretación que Daniel hace del sueño de Nabucodonosor: “…y la orden de dejar el tocón y las raíces del árbol, significa que tu reino se te conservará hasta que hayas reconocido que todo poder viene del Cielo” (Dn 4,23).

Hecha esta aclaración, continuamos con la exposición. A la luz de lo dicho hasta ahora, podemos afirmar que estamos guardados en Dios, escritos en Él, en su libro de la Vida, como leemos en el Apocalipsis. Y más aún, en la bolsa de la Vida, aquella en la que Dios guarda la vida de sus amigos como si fuera un tesoro. Estas palabras proféticas las encontramos, inspiradas por el Espíritu Santo, en la boca de Abigail, esposa de Nabal, cuando David le perdonó la vida: “Y aunque se alza un hombre para perseguirte y buscar tu vida, la vida de mi señor está encerrada en la bolsa de la vida, al lado de Yahvé tu Dios” (1S 25,29).

Cuando un hombre guarda en su corazón la Palabra, la retiene, Dios se encarna en la debilidad de su carne. A partir de entonces, este hombre está sellado en los tesoros de Dios. Oigamos lo que dice Dios de Israel y que, por supuesto, es aplicable a cada discípulo de su Hijo: “Pero él –Israel- ¿no está guardado junto a mí, sellado en mis tesoros?” (Dt 32,34).

Antonio Pavía

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