En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con las manos impuras?».
Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre.
Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (San Marcos 7, 1-8a.14-15. 21-23).
COMENTARIO
En la Palabra de hoy, domingo, 1 de septiembre, el Señor se dirige a los fariseos que le estaban escuchando, pero como su Palabra es siempre viva y eficaz está hablando también a los fariseos del siglo XXI. A veces podemos caer en la tentación de controlar a todo aquel que da culto a Dios y descalificarlo en base a criterios propios que se amparan en una tradición excluyente y esconden una mezquina estrechez de miras. Se fijan en lo accesorio y soslayan lo trascendental. El encuentro con el Señor se realiza en nuestro corazón no en recipientes limpios. Por otro lado, ¿Quién soy yo para estar distinguiendo quién es digno o no de acercarse al Señor? Dios renueva continuamente los caminos para que el hombre se encuentre con Él, y todos pasan por un corazón limpio y sencillo, que no se purifica con agua sino desde la sencillez y la humildad, a través de una oración que implore la gracia del Señor.
Los judíos cargan su vida con una cantidad ingente de ritos y normas que los llevan a la esclavitud creyendo que con eso les basta para su salvación. Los fariseos de ahora siguen de alguna manera esta línea, convirtiendo la ley de Dios, incardinada en el amor, en una serie de preceptos humanos que el hombre pueda controlar por sí solo. Construyen un dios a su medida cuando es Dios quien nos ha creado a la suya. En el mundo, Satanás fomenta la falsa apariencia, el cuidado con el que dirán. Se silencia e ignora a la propia conciencia, cuando lo verdadero se da dentro de nosotros mismos. Debemos desmontar la mentira del demonio y abrir nuestro corazón al Señor. Lo que nos aleja de Dios no es el incumplimiento de una serie de preceptos sino todo aquello malo que sale del corazón humano: fornicaciones, adulterios, codicias, injusticias, fraudes…etc. Lo dice San Mateo en el Evangelio de hoy.
El corazón es el que valida las acciones del hombre. Dios conoce profundamente nuestro interior, mejor que nadie, sabe lo que necesitamos y lo que nos sobra. Es su beneplácito lo que debemos buscar en todo momento, no el de los hombres. En el fondo siempre sabemos lo que más agrada al Señor, pero buscando el respeto de los hombres caemos en lo accesorio o aparente. Pilatos también se lavó las manos, de cara a la galería.
Pero en el tiempo de salvación que vivimos ahora nunca debemos caer en la desesperación. El Señor nunca nos considera unos fracasados. Su amor, su mano tendida, siempre está a nuestro alcance, para levantarnos y que podamos caminar a su lado, de una forma verdaderamente auténtica. Si nos dejamos envolver por su amor lo demás fluirá por sí sólo y brotará de nuestro corazón sin apenas darnos cuenta. Nuestra vida se iluminará con el color del amor. No necesitamos ser héroes, es el mismo hombre el que se empeña en crearse esta necesidad. Reposa tu alma, cree en Dios y gozarás de vida eterna en medio de tu peregrinar. Hemos sido creados por amor y para amar. Y cómo es este amor nos lo revela el “Himno a la caridad”. Pero no seamos necios y pretendamos amar así hincando los codos. Esta caridad sólo se alcanza en la gratuidad del Señor.
Dios ha manifestado su amor a través de su propio hijo y el hombre debe responder a ese amor con amor. El amor en sí es lo importante, no el marco en el que se desarrolle. Dios se vale del amor expresado por su Hijo como medio para hacerte plenamente feliz. No nos dejemos seducir por falsos amores o fuegos artificiales. El demonio se afana todos los días por seducirnos con estos medios.
El Señor se “queja” en este evangelio de los cultivadores de tradiciones humanas y de un culto viciado y vacío. Nos dice a través de Isaías: “Lavaos, purificaos, alejad vuestras malas acciones de mis ojos. Dejad de hacer el mal, buscad lo que es justo, socorred al oprimido, hacer justicia al huérfano, defended a la viuda”
Levantemos nuestro corazón al Señor en el comienzo de todos nuestros días para que sea Él quien lo ocupe y no el mundo.
