“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más que vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la ley de los profetas” (San Mateo 7, 7-12).
COMENTARIO
Jesús nos muestra el camino. Pero hay tanta distancia entre la tierra y el cielo que apenas nos atrevemos a levantar nuestra mirada hacia lo alto. Todo nos parece lejano e inaccesible. Sin embargo Jesús nos lo quiere poner fácil: “Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá”. Pedir porque se nos dará. Buscar porque lo encontraremos. Llamar porque se nos abrirá. ¿Así de sencillo, Señor? Acaso, se nos dio lo que hemos pedido, encontramos lo que buscamos afanosos, o se nos abrió cuando llamamos.
Dice el Salmo 13 que “el Señor observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios”. Pero donde está nuestra sensatez para esa búsqueda, y en que consiste. Él, ya se ha colocado en la posición de un padre lleno de amor, y para esta relación interactiva con la criatura, nosotros, los que le pedimos, los que le buscamos, o le llamamos, nos tenemos que colocar en la posición de ser verdaderos hijos suyos, y corresponder al amor del Padre con la devoción y la confianza de los hijos que todo lo esperan de Él.
Buscaremos al Señor en el silencio de nuestro corazón amparados en las tres virtudes teologales: la fe, porque Dios lo puede todo, la esperanza, porque puede darnos lo que pedimos, el amor, porque Él nos ama. Y así, desde nuestra pequeñez y falta de merecimientos, “tu rostro buscaré Señor”, con el ejemplo santo de la oración más perfecta, la que pronunció el propio Jesús en Getsemaní en la víspera de su pasión salvadora: “Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
La sencillez del corazón, nuestra posición humilde de alabanza y adoración ante el que todo lo puede son fundamentales, pero aun así, todo ello podría ser insuficiente, porque acaso, nuestra petición sea inadecuada para nuestro bien, o existan mejores opciones para nosotros, o no fuera el tiempo oportuno para obtenerla, y todo eso solo Dios lo sabe. Pongámonos pues, confiados, en sus manos amorosas.
