El pecado existe, Dios también. Y fue Él quien en el colmo de amor por los hombres, nos dejó instituido el sacramento de la Penitencia, del Perdón o de la Reconciliación. No nos avergoncemos de saber y decir cuándo fue eso. Copio y pego cómo y cuándo sucedió: « Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”» (Jn 20,19-23).
Y digo que, si Dios les dio tal potestad, el perdón no viene de ellos sino de Dios. Por eso, en el momento de la absolución el sacerdote dice: “Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Ergo, es Dios quien nos perdona; pero por el conducto reglamentario, no por el que nos pete. Todo lo dicho por un cristiano de los de a pie, “corriente y moliente” o peor, tendría poco o ningún valor si no fuera avalado por quien tiene autoridad. ¿Y quién si no, en la actualidad, el Papa Francisco, tan querido por todos, incluso por los que en realidad les importa, —con perdón— un pepino, rábano o bledo? Es decir, que les trae al pairo.
Como habla más claro que el agua, iré a lo que nos dice sobre el particular. Lo comenta Andrea Tornielli desde la ciudad del Vaticano: “El Papa, que no puede salir y confesar”.En el discurso que pronunció durante la vigilia de Pentecostés, Francisco se mostró un poco triste porque “no puedo administrar como antes el sacramento de la Penitencia”.
Carlos de Bustamante
