«Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él”. Jesús le contestó: “Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Nicodemo le pregunta: “¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?”. Jesús le contestó: “Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”». (Jn 3,1-8)
El diálogo que tienen Nicodemo y Jesús en este tiempo pascual lo podríamos tener todos los seres humanos en todos los tiempos, y para esto solo es necesario una sola cosa: dialogar, y este diálogo y todos los diálogos son de vital importancia para el ser humano. La experiencia nos dice que estamos en esta vida fruto de la relación de un hombre y una mujer; se habrán querido mucho, poco o nada, pero el fruto de esa relación ha sido nuestra vida. Ahora bien, una vez que estamos aquí y que nadie lo hemos elegido, empieza nuestro recorrido: sufrimientos, risas, soledades, amistades, familia, proyectos, miedos, intereses, confianzas… Empezamos a relacionarnos con los otros que nos rodean y con los que formamos una grupo, un pueblo, una ciudad, un país y un mundo.
En este punto todos nos creemos únicos, y lo somos; nos creemos el centro del mundo, y lo somos; necesitamos para vivir el reconocimiento de los demás, y sin esto no podemos desarrollarnos; necesitamos que nos respeten, necesitamos que se nos tenga en cuenta, necesitamos que los demás no se opongan a nuestro proyecto. En definitiva, necesitamos vivir en un ambiente de paz y bienestar.
Todo esto es así y es necesario pero tiene un pequeño problema y es que, si todos queremos lo mismo y si es difícil dar nuestro brazo a torcer, el conflicto está a las puertas de nuestras relaciones. Me explicaré: el fundamento de la vida en la tierra está en el Amor, o dicho de otra manera, en la solidaridad, la justicia, la paz, la paciencia, la comprensión, la bondad, la belleza, el servicio, la humildad, la sinceridad. El amor implica por lo tanto tener en cuenta al otro más que a uno mismo, es decir, perder tu tiempo para escuchar al otro. El amor implica la muerte, y aquí hay una reflexión: si los hombres nacemos para la vida y con lo que nos encontramos es con la muerte, ya que la razón del amor está en el otro, en donarse, en perder la vida en favor de los demás —“Tenéis que nacer de nuevo”, dice Jesús—; si soy un ser humano que necesita para vivir el reconocimiento, el ser tenido en cuenta y me encuentro con el otro ser, con el otro amigo, compañero, paisano, hermano o primo que necesita lo mismo que yo, el conflicto esta servido. Si tanto el uno como el otro necesitan ser reconocidos, ¿quién empieza primero a reconocer al otro?
Tiene razón Jesús cuando dice: “es necesario nacer de nuevo”. Nacer de manera gratuita, nacer y entender que la plenitud de la vida está en el Amor, entender que la vida se nos regala y la podemos compartir, la podemos poner al servicio de los demás. Podemos con estos parámetros salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad y de nuestros miedos, salir al encuentro del otro y empezar a crear una nueva relación, una nueva forma de estar en el mundo. Un mundo que gracias a la buena noticia que nos trae este Evangelio, puede empezar a ser más justo, más solidario, más pacifico y más humano. El salir de uno mismo y encontrarse con los demás hombres es la plenitud del Amor que llega a los límites insospechados del amor al enemigo.
A partir de aquí podemos empezar a tener en cuenta a los otros, a la sociedad y al mundo, y pedir, rezar o decir al Dios Padre: ayúdanos a que sintamos horror de las injusticias y las desigualdades entre los hombres. Ayúdanos a cooperar en el progreso de la comunidad humana. Concédenos reconocer la dignidad de todos los seres humanos y que respetemos su libertad y su conciencia. Ayúdanos a moderar nuestros deseos de bienes temporales. Acrecienta entre nosotros el amor de los unos y los otros. Permite que seamos solícitos para el bien de todos los hombres. Enséñanos a amar de verdad y sin discriminación a nuestros hermanos y a los hombres de toda raza y condición. Permítenos trabajar por el bien y la concordia mutua. Enséñanos a ser alegría para los que sufren, que nuestro trabajo ayude a mejorar el mundo. Permítenos estar atentos al bien de los hombres. Ayúdanos para que se logre la justicia, el amor y la paz universal, ayúdanos a tener paciencia con todos y en definitiva decir cada día. Ayúdanos a caminar hoy y cada día en una nueva vida, en un diálogo nuevo y en unas relaciones nuevas.
Alfredo Esteban Corral
