«En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: “El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?’. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero’”». (Mt 13, 24-43)
Esa es la pregunta que los criados hacen a su señor al comprobar que la cizaña despunta dentro de una buena sementera. Es mitad reproche y mitad espanto: sabemos que pusiste semilla buena, ¿de dónde proviene la cizaña? Es la pregunta por «el mal», o por el escándalo por el sufrimiento de los inocentes. Nos volvemos al Creador y con total insolencia le decimos: ¿No lo habías hecho «todo» bien? Si todo lo has hecho Tú, y Tú has juzgado que todo era bueno… ¿De dónde sale la cizaña? ¿Quién ha creado el mal? «Un enemigo lo ha hecho». El enemigo existe. Teneis razón —nos habla— al pensar que no he creado el mal, pero el mal tiene un propagador; el enemigo existe, teneis que contar con ello.
Haríamos bien nosotros, para captar algo de la Palabra, en volver sobre la primera lectura de hoy (Sb 12, 13,16-19) ya que la Escritura se explica a sí misma. La mano providente de la Iglesia es manifiesta en la interrelación de los pasajes bíblicos proclamados este domingo. «Fuera de ti no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia». Así es. Él, el Innombrable, no tiene porque dar explicaciones de nada. Pero nosotros, que nos jactamos de racionalistas (o más temerariamente de irracionalistas, por estar a la última ola) sí pedimos explicaciones: ¿De dónde sale el mal? ¿Cómo es que existe el mal si Tú lo has creado todo? ¿Acaso no habrá «otro» dios, un contra-dios que te hace la guerra? ¿Cómo es que consientes que ese enemigo esparza su simiente mala? (La cizaña es «amarga» y «venenosa») Incluso, podemos preguntarnos: ¿es que no podemos «dormir»? ¿No es la noche para nuestro descanso? ¿Estamos a merced de un príncipe de las tinieblas? ¿Cómo podríamos combatir contra alguien que se cobija en la obscuridad para implantar la maldad?
La respuesta del señor de la parábola, que hace suya el Señor, es todavía más desconcertante: no la arranquéis. El evangelista apostilla «Así se cumplió el oráculo del profeta ·Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo·» Jesus cumplió lo profetizado; pronunció parábolas acerca de «los secretos desde la fundación del mundo». Desde la fundación del mundo los hombres nos preguntamos por el sentido del mal del sufrimiento y de la muerte, incluso sobre el sentido de que las cosas tengan sentido. El enigma de la existencia humana y de todo lo creado es muy fuerte. El Concilio Vaticano II se apiadó de nuestros contemporáneos y aseguró (Gaudium et spes 22): «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos aplasta» (obruit, en latin).
Nosotros estamos obstinados en encontrar la vida fuera de Jesucristo, al margen de su Evangelio, y por eso andamos desconcertados, frustrados, agresivos. Cuando los discípulos le piden a Jesús que descodifique para ellos esa parábola (no piden aclaraciones sobre las otras dos: la del grano de mostaza y la de la levadura) se encuentran con que el maestro no solo les confirma que existe el diablo (el separador) sino que tambien —y esto nos concierne directamente— hay partidarios del Maligno; los corruptores y malvados.
Los corruptores y malvados son los que se alinean con el divididor (¡Cómo triunfa el divididor!) y les espera el horno encendido. Tal vez nosotros, como los criados, hubieramos pedido permiso para arrancar la cizaña, pero dice el pasaje de hoy de la Carta a los Romanos (8,26) que no sabemos pedir lo que nos conviene. En cambio «El que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu».
No se trata de ser cómplices de los corruptores y malvados, de consentir a los que realizan y esparcen el mal, sino de recordar —después de tomar conciencia de las terribles consecuencias de nuestros pecados— cómo es Dios, cómo nos trata Él. «Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».
Esta es la clave para aquietar nuestra impaciencia ante el mal; acoger la dulce esperanza del arrepentimiento. Cierto que el Maligno está dispersando la ponzoña de que no hay posibilidad de cambio, la cizaña de que el determinismo es la verdad y el arrepentimiento una impostura de la quimera de la libertad, pero «el justo debe ser humano». Él es condescendiente con nosotros, malvados y pecadores, a la espera de nuestro sincero arrepentimiento.
Francisco Jiménez Ambel

3 comentarios
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